Ahora, más que nunca, la reflexión humana tiene necesidad de respuestas integradoras que puedan contribuir a aliviar los problemas que acucian al hombre de nuestro tiempo, y a sanar las penosas escisiones culturale

 

s, religiosas, sociales y políticas que han marcado la historia moderna. La ciencia, unida a la técnica, por sí sola no puede agotar el campo de la cultura. La sola economía no da las bases suficientes para la convivencia. La misma dimensión religiosa tampoco puede pretender una autonomía total, una autosuficiencia en orden a la reflexión, que le lleva por derroteros al fin destructivos del integralismo o del fanatismo.

La actitud metafísica, como impulso profundo del espíritu, no solo se aprecia desde los albores de la humanidad hasta hoy, sino que está en la constitución propia del ser humano, como observamos ya en la infancia: «El niño quiere, con la tenacidad de sus continuos intentos y con su propio modo de análisis—destrozando, incluso, sus juguetes— conocer y poseer lo que tiene a su alcance para después rechazarlo porque, en realidad, no busca un conocimiento fragmentado, no quiere poseer cualquier cosa ni tenerla de cualquier manera; antes bien, esta búsqueda posesiva detenta una constante: la comunicación extática, amorosa, afectiva, no con "algo", antes bien, con "alguien" que pueda colmar sus aspiraciones; por eso, el niño hace prosopopeya con los animales, e incluso con los objetos inertes. Éste es el primer indicio del carácter genético de la tendencia indagativa y posesiva de la última razón de las cosas que, de diferentes modos, se pone de manifiesto en cada una de las fases por las que transcurre la vida humana. Se inicia ya desde su edad temprana el discurso de una vida humana que, con el signo de las más patéticas adversidades en el orden físico, familiar, ambiental y social, irá forjando su orientación formativa o acentuando sus tendencias deformativas en las diferentes etapas de su desarrollo» (Fernando Rielo, Mis meditaciones desde el modelo genético p. 163s.)

Los seres humanos nos preguntamos por lo que va más allá de los conocimientos sectoriales. Aquí vemos a la vez nuestra grandeza y nuestra limitación. En efecto, buscamos el fundamento u origen absoluto —y la inteligibilidad racional— de la multiplicidad que conocemos. Nuestro pensamiento no puede pararse arbitrariamente en un cierto punto del trayecto sin sofocarse, sin autoinfligirse una herida, porque su dinámica es ilimitada. Y, sin embargo, nos percatamos de que no podemos reducir el fundamento último de la realidad a nuestras fórmulas, y aquí encontramos el motivo inequívoco de la modestia que ha de caracterizar nuestro pensar y nuestro vivir. Es muy sano —incluso, necesario— para nosotros, para la cultura, realizar este doble movimiento de expansión y de humildad en nuestra visión.

La metafísica tiene, entonces, una función sanante, de equilibrio, de inteligibilidad, para la sociedad humana, su cultura, su religiosidad su ciencia. Admitida tal misión, en este tiempo de avances, a menudo espectaculares, en todas las áreas del conocimiento, tenemos que plantearnos si podemos aceptar hoy un planteamiento metafísico y si con él se puede contribuir a un progreso real en todos los ámbitos.

Seguramente que hay algo importante que "corregir" o "mejorar" para que esta disciplina vuelva a colocarse en el corazón de la cultura como faro orientador y cumpla, verdaderamente, su papel fundante e integrador en orden a cada sector de investigación aplicada a la vida: las ciencias físicas, biológicas y sociales; la reflexión en torno a la medicina, al derecho, a la economía, a las artes y a la pacífica convivencia de los pueblos; y, de manera particular, a las diversas tradiciones religiosas que canalizan las aspiraciones más íntimas de los seres humanos, ahora, en esta época globalizadora y de pluralismo casi universal debido a las grandes emigraciones planetarias, en la que más que nunca hace falta interpretar y valorar adecuadamente las diversas formas de experiencia y desarrollar un auténtico modelo interpretativo que gire alrededor de la magna quaestio de nuestro tiempo: la definición de la persona humana, con todas sus implicaciones sociales, jurídicas y espirituales.

La metafísica, desposada con la mística y con una epistemología potenciante, incluyente y dialogante, puede ponerse a la cabeza de un humanismo vital, creador, que está en el centro de la aclaración de quién es y cómo es la persona humana, con vistas a tutelarla frente a toda posible manipulación o atentado a su vida.

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